
En 2026, con la abundancia de contenido generado por inteligencia artificial, quienes piensen con criterio propio —no quienes produzcan más volumen— serán los que obtengan mayor valor económico y reputacional.
Nos van a pagar por pensar. Y, sobre todo, por ejercer criterio. En un ecosistema donde la inteligencia artificial acelera la producción de textos, videos y análisis, el recurso realmente escaso es la capacidad de decidir qué vale la pena publicar, qué conversación construir y qué estrategia seguir.
La IA puede automatizar tareas, optimizar titulares y sugerir estructuras; pero no puede asumir la responsabilidad editorial ni comprender el contexto estratégico completo de una marca o un profesional. En un entorno saturado, el mercado recompensa a quien interpreta, selecciona y toma decisiones con fundamento. El volumen ya no es ventaja. El juicio sí lo es.